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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

Medallero

 

MEDALLA DE PLATA; Igor Rodtem y Javier Sánchez Bernal.

 

¡Enhorabuena a los dos!

Noviembre:

Gorro, armas y allá.

 

 

Allá donde vas armas el lío. Agitas los cascabeles de tu gorro, las cosas dejan de comportarse como deben y la realidad se retuerce. Antes me parecía divertido. Antes, cuando yo también veía el mundo como un patio de juegos. Pero dejé de querer jugar y todo se rompió. Desde entonces es raro y da miedo. Mi psiquiatra no entiende por qué el simple sonido de un cascabel es capaz de hacerme temblar, pero yo sé que vas a regresar pronto. Y sobrevivo apenas en la espera del próximo tintineo.
Por Adella Brac.

 

Las armas las carga el diablo. Y parece que no lo entendemos. Parece que no entendemos nada. En época de propaganda, nos creemos que el infierno lo vivieron otros. Que ahora, toda la gente es de buena voluntad si piensan como nosotros, y que las formas no importan si el fondo nos da la razón. Malos tiempos para la lírica. Creo que le pediré a Doraemon un gorrocóptero (si, un gorro con el que puedes volar) y me iré con Nobita allá donde nadie me pueda encontrar.
Por Lorenzo.

 

Eran tiempos rudos, qué duda cabe, pero ahí estábamos –en el campo de batalla recién nevado– bien pertrechados cada uno con nuestro gorro –insignia incluida– y nuestras armas customizadas simulando lanzagranadas –éramos unos manitas–. Nosotros aquí; ellos allá, en la cima de la colina. Nuestra misión, tomarla sin perder la posición; la de ellos, defenderla y contraatacar si tuvieran oportunidad. La guerra de nieve era inminente. Nosotros éramos la clase de 4ºA; ellos, 4ºB.
Por Luis J. Goróstegui, del blog Observando el paraíso.

 

Estaban hasta el gorro de que, un día sí otro también desaparecieran frutas y hortalizas de los huertos, huevos y hasta algún pollo del gallinero.
Capitaneados por el zagal más joven y fuerte y con las pocas armas que tenían a mano, horcas, rastrillos y alguna azada, los aldeanos sexagenarios se encaminaron hacia allá donde las rocas forman una gran caverna.
Allí entre frutas y pollos les recibió un pequeño Trasco, ávido de cariño, que les daba la bienvenida dando saltitos.
Por Virtudes Torres, del blog Pétalos de relatos.

 

Mientras compraba aquel gorro amarillo chillón que me había llamado la atención durante 2 semanas, vi, momentáneamente, cómo dos personas de aspecto sospechoso se intercambiaban un par de armas. En ese instante uno de los hombres cruzó miradas conmigo; rápidamente fingí estar saludando a algún «conocido» detrás de él. Estaba aterrorizado.
─No mires para allá, Braulio. Por el amor de dios, sé un poco menos cantoso. No pueden sospechar de nosotros ahora que hemos llegado tan lejos.
Por Maila Hernández.

 

En una esquina del vagón saltó por la ventana el gorro del niño cuando el horizonte se volvió una mancha roja.
Allá al fondo del pasillo despuntaban las perfiladas siluetas de uniforme entre el débil alumbrado del convoy, todas ellas portaban sus armas reglamentarias.
Un ruido ronco y terrible se interpuso en medio del estrépito de la locomotora, al mismo tiempo que el proyectil que lo produjo alcanzó la nuca del francotirador que apretujaba el bebé alzándole con las manos.
Por Estrella Amaranto, de Blog Literario Amaranto.

 

El dulce de azúcar, el pozole y los tamales con champurrado. El sarape y las cananas cargadas. Un par de armas aquí y un tequila allá. De a poco va tomando forma. Las fotos, arregladas de mayor a menor, sin olvidar el gorro de la “muñe”. Las flores de cempasúchil y los claveles de la tía Eduwiges. Rosas para la abuela. Las figuras de papel maché y el confeti, velas aromáticas. Me retiro un par de metros, prendo la grabadora con Pedro Infante y ¡el altar está listo!
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Lo vio de lejos. Se distinguía del resto por el gorro, aquel que ella le había regalado en su primer aniversario, tejido con sus propias manos, y que él había adoptado como parte de su cuerpo. Agradecía que aún lo usara, que lo llevara puesto más allá del frío o calor que hiciera. Gracias a identificarlo a tiempo eligió otro rumbo. Quería vivir tranquila y ya no permitiría que sus acciones ni sus palabras, cual armas, siguieran lastimándola.
Por Valery, del blog Valery escribe.

 

Los soldados entregaron sus armas, aceptando la rendición. El campamento se convirtió entonces en un campo de concentración, sin apenas víveres ni ropa para protegerse del frío, más allá de alguna rasgada chaqueta o algún deshilachado gorro de lana. Sin embargo, lo peor, y más cruel con diferencia, era ver constantemente abierta la puerta de aquella prisión. Los primeros en huir regresaron desquiciados, y nadie osaba ya intentarlo. Quién sabe el horror que acechaba allá afuera…
Por Igor Rodtem, del blog Lo innombrable y yo.

 

Crucé la frontera hacia el más allá por inercia. No se parecía en absoluto a lo que imaginé hasta entonces: hacía frío, eché en falta ropas de abrigo, mi viejo gorro y unas notas de cariño. Era todo un fundido en negro, pero éramos. Sólo contaba con la imaginación y los recuerdos como armas para afrontar el vacío absoluto, mas estaba dispuesto a ello. Sin embargo, se perdieron las evocaciones; sin pasado, ni presente hasta los sueños eran niebla. Ahora entiendo todo: somos instante.
Por Daniel Rodríguez González, del blog El solitario.

 

Sé que parece una locura, Inspector, pero yo me limito a narrar lo que ocurrió. Había salido a correr cuando, al pasar por la puerta del cementerio, me topé con un gorro flotante, dos armas oscilantes y una voz de ultratumba que me exigía que levantara las manos. Seguí las instrucciones y a continuación, algo incorpóreo me robó las llaves y el móvil, me bajó los pantalones y me dejó allá plantado, con el culo al aire. Tal como me encontraron estos señores que le han llamado a usted.
Por Aurora Rapún Mombiela, del blog La historia está en tu mente.

 

En un lugar más allá de una esquina cualquiera, se encontraba un personaje muy singular. Miraba la nada misma, pero si algo lo sacaba del letargo y veía a los niños jugando libres, se sacaba su gorro haciendo un increíble sonido de armas en plena guerra. Por un instante asustaba sin querer. Ruido que luego venía solo acompañado, de una lluvia de caramelos y chupetines que florecía en cantidad de sonrisas.
Por Diana Rosa Conti.

 

—¡Dame fuerzas gorro de plata, para que esta ardua batalla termine con final feliz!
En el bando contrario se escuchaba un eco atronador, que llegaba al oído de todo aquel que encontrase en el camino…
—¡No les tengáis miedo, nuestras armas son más poderosas!
Cuando se acercaba el momento de la lucha, allá, a lo lejos en el horizonte, una luz extraña les detuvo, creando en su interior una sensación extraña, una llamada de serenidad. No lucharon, en el fondo creían en la paz.
Por Carlos González García.

 

Quizás mi caso sea particular. He aborrecido las armas desde que tengo uso de razón. Y ahora, mírame: con el uniforme recién estrenado y el gorro calado con elegancia. Más allá de la ensenada, se puede vislumbrar el faro. Su haz de luz nos marcará el camino. El capitán me ha guiñado su ojo sano, cómplice, y ha ido a buscar al contramaestre. Nos hemos preparado para esta misión durante meses: ha llegado el momento de la verdad.
Por Javier Sánchez Bernal, del blog La buhardilla de Tristán.

 

Allá al fondo del armario me encuentro, hecha una bola, la chaqueta de mil colores que se compró con catorce años. Sin más armas frente al invierno, enfundado en su vaquero desgastado y con la camiseta de manga corta desteñida por los lavados, se abrochaba la chaqueta y se subía el gorro para enfrentarse al aire gélido que el cierzo le regalaba muchas mañanas. Le acompañó hasta que no pudo encoger más los brazos para abrigarse.
Por Jose Lezcano, del blog A orillas del río Oria.

 

El filo del gorro sopla en su afán infalible. Vientos censores espolean la mugre, allá las creaciones e identidades, esconden las patas en calcáreas tensiones. Armas silencian las palabras en este frenesí de correctismo, caen los pájaros y cada letra enfila el mármol. Red de manzanas sin serlas, limones fritos sin soportar la diferencia más virus expanden con sus filos en filera de fusilamiento. El árbol llora sus hojas.
Por David Coloma García, de Blog de poesía y relatos.

 

─¿Lloras abuela? ─preguntó Isa al ver una lágrima sobre el tejido.
─¡Todo ha cambiado tanto, pequeña mía! Los años me quitan las armas para enfrentar la vida: lentos y vacilantes mis pasos; las palabras cual peces escapando de mis ideas; los ojos nublados y los nudillos abultados me dicen ¡detente!, ¡basta! ¡Ay, no me hagas caso! Allá está el gorro. ¿Me lo alcanzas?
Por Saricarmen, del blog Desde el Cielo.

 

Ya me tienes hasta el gorro, eres de lo que no hay, cada vez que te dejo un momento sola no sé cómo te las arreglas, pero me la armas. Anda, vete para allá, y no vuelvas hasta que yo te lo diga. Una carcajada resonó en la sala como un prolongado trueno de risas. La abuela no pudo contenerse al ver como su pequeña nieta, palabra por palabra, le había repetido a Puky su reciente reprimenda. La gatita se desperezó y grácil, empezó a hacer ochos, ronroneando entre las dos féminas.
Por jm vanjav, del blog jm vanjav hasta en 500 palabras+.

 

Te observo mientras armas ese plato que busca deleitarme. Te gusta cocinar tanto como a mí descubrir cómo afectan los astros nuestra rutina. La prolijidad en tus cortes digna de un ascendente virginiano está tan presente como la elegancia en cada cena alumbrada, desde más allá, por tu luna en Libra. Ahora me detengo en tu mirada concentrada, en tus ojos grandes y brillosos que hablan, aunque estés en silencio, que me dejan ver lo especial de mi chef sin gorro… De Leo tenías que ser.
Por Pequeña Raquel.

 

Tenía todo listo, mis armas dispuestas en orden, mi gorro bien puesto en la cabeza, mi cuerpo relajado descansaba sobre la cómoda manta impermeable, sí… todo estaba listo para hacer mi trabajo. Allá, en la montaña donde el único testigo es la naturaleza misma soy el depredador más peligroso, el que jamás da la cara, pero así es mi línea de trabajo.
Por Katalina Camus, del blog Ambiente virtual.

 

Doblo la ropa con cuidado y la maleta parece no querer dar más de sí. Cosas como el gorro o los guantes se resisten a entrar. Me pregunto si tiene sentido tanto equipaje para un viaje sin retorno. Como una velada amenaza me aseguran que en esta profesión no es bueno llegar a mayor. Se sabe demasiado.
Si me da reparo, en un gesto caballeroso se ofrecen a hacerlo ellos.
―De mi, me ocupo yo ―les dije.
Las armas, esperan listas. Allá, frente al mar. Acabaré el día y mi historia.
Por Ángel.

 

Enciende el ordenador de la empresa y allá, en el borde inferior, están las nuevas normas para asegurar las ventas del mes, son unas verdaderas armas. Se quita el gorro de dormir mientras lee: Al atender la llamada sonrían, abran los ajos, miren con dulzura al monitor, aunque el cliente no lo vea, lo percibe. Recuerden: Esto es un punto crítico para la evaluación y pago de comisiones.
Por Rosa Boschetti, del blog Rosa Boschetti.

 

«No agaches la cabeza y haz el favor de mirarme a los ojos. Estoy hasta el gorro de ti. La armas allá adonde vas. Hoy, no podía ser una excepción. Además, siempre estás buscando excusas: Que tienes problemas en el trabajo. Que te acuerdas de tu mujer que te ha abandonado, etc. Pero creo que se te acaban los pretextos. Ya no te cree nadie».
Entonces, dejo la copa sobre la barra, y, dirigiéndome al camarero, le digo: «Ponme otra de lo mismo y al del espejo igual. A esta le invito yo»
Por Javier Puchades, del blog El decantador de letras.

 

Allá donde la ciudad se pierde, encuentras el sitio. Un lugar donde el horizonte te mira de frente y te recuerda que el espacio y el tiempo van juntos, unidos de la dulce mano, que mece la cuna. En un callejón sin salida hay un banco donde observar la perspectiva. Hoy, la contaminación a puesto a la urbe un gorro, de color ceniza. Hacia el fondo, se divisa a los ciudadanos; una antología de armas en pie de guerra, hormigas obreras… que derrochan su vida.
Por JFV (Juan Fernández Vicente), del blog Libros con Dos Alas.

 

En el último vagón siempre sentada, libro en mano, gorro lila como seña, el mismo metro cada día. Se baja en Sol, más allá sigue él sigue su camino. Desde hace semanas la observa, ha llamado su atención. Pero ella no lo nota. Palabra a palabra se sumerge en sus historias. Lee sobre romances que cree imposibles. Y no ve su alrededor.
Él no dice nada, no le ve el sentido. «¿Cómo te armas de valor?» piensa cada día. Y ella la vista no levanta hasta llegar a su estación.
Por Amanda Vilas, del blog Escondida entre nubes.

 

El gorro y las armas del soldado herido se habían perdido, allá por el lejano despeñadero. Pero ella no buscaba metal, tela, sangre o carne; ella se alimentaba de odio y miedo, y en los campos de batalla eso abundaba. Abrió su boca, por donde escaparon unos viscosos tentáculos, y se alimentó hasta que el soldado cedió todo su miedo, todo su odio… y todo lo que le quedaba de vida.
Por Anabel Samani, del blog Anabel Samani.

 

Salió a hurtadillas de su cuarto y miró a ambos lados del pasillo, agudizando el oído. Esperaba no despertar a su madre, mujer de armas tomar, que sin duda pondría el grito en el cielo si descubriese sus planes. Se puso el gorro de lana y se calzó las botas. Cuando abrió la puerta el frío le azotó la cara, pero no le importó. Salió a jugar con la nieve. Más allá del tiempo y el espacio y de la posterior regañina tejió uno de sus más preciados recuerdos.
Por Sara, del blog Letras en el aire.

 

Se quitó el gorro y se colocó el casco con firmeza. Recogió del salón de armas la que sería su fiel compañera y guardiana y se presentó a la batalla junto a los otros 299 soldados que ya estaban preparados. Todos uniformados. Todos dispuestos a luchar hasta la muerte por defender su hogar. Él iba a liderarlos y juntos podrían conseguirlo. Todos espartanos y orgullosos. Allá vamos! Gritó a sus tropas. Au! Au! Au! Contestaron en coro ellos.
Por Nahnnuk.

 

Al llegar al anochecer, lo que no te imaginas es encontrar la casa así. Nada más entrar, tropiezas con unos calcetines apestosos asomando de los zapatos sucios de barro que han dejado tirados en el suelo. Unos metros más allá, descubres un gorro, unos guantes, un chaquetón y prendas de ropa desperdigadas por el pasillo. Entonces, te armas de valor para plantarle cara. Pero por más que lo buscas, no das con él.
Ignoras que, mientras mantenga su desnudez, el intruso será invisible.
Por Pilar Alejos Martínez, del blog Versos a flor de piel.

 

Solíamos empezar el mes compartiendo con los que quedamos y recordando a los que marcharon. Él con su gorro calado hasta las orejas solía repetir «Si lo nombras, sigue existiendo». Así una y otra vez, en las conversaciones surgían las aventuras vividas. Sentados alrededor de la gran mesa nos trasladábamos a esos momentos del pasado, y allá en la casa que compartíamos, para combatir la melancolía nuestras mejores armas eran los recuerdos.
Por Carmen.

 

Escribir breves pensamientos en retales de papeles para dejarlos dentro de libros de una biblioteca, encima de la mesa de un bar, en el mostrador de una tienda; aquí, en la parada de fruta del mercado o allá, en la panadería donde compra cada mañana. Siempre con su gorro verde y con las únicas armas de que dispone para hacer de este mundo un lugar mejor: las palabras. Palabras que salen de su corazón y quieren llegar a todos los seres.
Por Nuria Lorente.

 

La guerra había empezado, y los diferentes bandos llamaban a sus hombres a las armas para que defendieran su país, su honor y sus familias. Pero el joven leñador, no estaba de acuerdo con aquella guerra que solo destruía su preciado bosque. Enfadado con los ejércitos, no pensaba unirse a ninguno. Por la mañana se enfundó su gorro y salió al camino para irse lejos, más allá del alcance de aquellos bárbaros.
Por Do.lobera, del blog Do—Lobera.

 

—¿A qué estás esperando? Recoge tus armas y entra en el gorro. ¡No nos queda tiempo!
—¿Te estás escuchando? Eso es absurdo y estúpido. E imposible.
—No en este —dijo, dejando el gorro en el suelo y haciéndolo girar.
A medida que giraba, una especie de agujero se formaba a su alrededor. Parecía un portal.
—¿Vamos allá? —Asintió, se cogieron de la mano y saltaron al interior del gorro, viajando a otro lugar. A salvo de todo lo que habían vivido. Empezando de cero
Por Montse, del blog Amor y Palabras.

 

Allá, cerca de mi shampoo y mi bata de toalla, te quedas sentada, mirándome. Debo quitarme la ropa, estoy por entrar a la ducha. No te marchas; me sorprende cómo te armas de paciencia. Decido ignorarte. Cubro mi cabello con el gorro plástico azul, me libero de las últimas prendas y doy paso a la lluvia. Entonces, sé lo que estás buscando con tu astucia felina. Pero es tarde, tomas mi colgante de cristal con los dientes y corres lejos del baño.
Por Cyn Romero, del blog El frasco de historias.

 

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